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Miércoles, 05 Diciembre 2018 11:29

“Tomate una pastillita”: el pensamiento mágico detrás del consumo de psicofármacos

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Los reyes magos, Papá Noel, el Ratón Pérez no existen. Son los padres, en el mejor de los casos. Las soluciones mágicas tampoco tienen entidad más allá de nuestro deseo de que ocurran, las panaceas no son más que la expresión del pensamiento mágico omnipotente infantil.

¿De qué hablo cuando digo pensamiento mágico?

 

Les cuento: Camina de la mano de su madre. Lo veo venir a media cuadra desde la puerta de mi consultorio mientras despido a un paciente. Camina y llora con lágrimas de esas que brotan como a presión, con ganas.

Me saluda moqueando en la puerta, le pregunto a su madre si pasó algo: “Nada importante, él te va a contar, lo dejo y vuelvo cuando termine la hora.”

Sigue llorando a lo largo del pasillo que separa la puerta de mi consultorio. Se sienta y llora más fuerte, no logra articular palabras. Con sus 5 años trata con la fuerza de un titán de frenar esas lágrimas, me quiere contar pero no puede.

Vaso de agua, caramelo, y logra decir, entre sollozos: "Mi papá se está muriendo por mi culpa", dice como confesando un crimen.

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Le pido que me explique, pero solo puede como en piloto automático repetir la frase. Todo esto, por supuesto, sin dejar de llorar. En ese momento decido llamar a la madre, que interrumpa el cafecito en el bar de la esquina y que acuda en auxilio de su pequeño.

Una vez en el consultorio, logramos reconstruir la escena y situación. El padre no se está muriendo, está internado, con un cuadro de apendicitis.

El pequeño había sido regañado por él días atrás, y según puede decirme al cabo de un largo rato, ya más tranquilo, había pensado en medio de la discusión: "Ojalá que reviente".

El padre, al día siguiente, comienza con dolores, concurre a una guardia en donde es evaluado y diagnosticado con apendicitis, que de no ser rápidamente intervenido quirúrgicamente corría el riesgo de pasar a peritonitis, con los peligros que esto conlleva.

El niño oye una conversación telefónica en la que su madre le cuenta a una amiga la situación diciendo: “Imaginate que si revienta la cosa se complica” (hablando del apéndice, claro está).

Al oír esto, el pequeño ata cabos e infiere que el padre corre peligro de reventar, a causa (y de esto no tiene dudas) de que él le deseó esta suerte. Casi detectivescamente logramos con la madre y el pequeño atar cabos y entender finalmente esto que les cuento.

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Les explico a ustedes la lógica del pequeño, no sin antes decirles que una vez lograda la comprensión del asunto me aboqué a calmarlo y convencerlo de que ni su padre se iba a morir, y que de su enfermedad él no tenía responsabilidad alguna. Igualmente llevó varios encuentros lograr que esto se internalice.

Los chicos pasan en algún momento de la temprana infancia por un modo de pensamiento que fue nombrado desde el psicoanálisis como pensamiento mágico omnipotente infantil.

En este, los pequeños experimentan la certeza de que sus deseos, ideas y fantasías se harán realidad por la mera formulación de las mismas, o por imaginarlas.

 

Este ejemplo ilustra de manera clarísima cómo funciona este modo de procesar las emociones, en este caso la furia del niño ante el reto de su padre.

La fantasía de los niños es que la fuerza del deseo es tan poderosa que con solo sentirlo sucederá. Una especie de "Abracadabra" que todo lo puede.

Hay resabios interesantes de estas manifestaciones (y normales, aclaro) en personas más grandes. Las cábalas no son otra cosa que una consecuencia de esta manera de pensar.

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El punto, y aquí quiero llegar finalmente, es que en estos tiempos en los que vivimos, pareciera que esta manera de ver al vida se ha hecho extensiva al mundo adulto, y que nos está costando entender, experimentar y vivir, el proceso natural de las cosas. Y esta forma de vivir y sentir, tiene consecuencias en nuestro mundo social, y no de las buenas precisamente.

Si, por ejemplo, me duele la cabeza, primero trataré de lograr por medios naturales que el malestar desaparezca. Ejercicios de relajación, baño de inmersión si tengo la posibilidad, tomar un analgésico y sino alivia con esto último, consultar al médico. Este es el circuito razonable, prudente y juicioso, sin embargo, no el habitual.

Vivimos en tiempos donde las soluciones mágicas son el primer recurso al que acudimos cuando algo nos ocurre.

Y parte de esa manera de “resolver” es la recurrente utilización de psicofármacos como remedio mágico de las tristezas y ansiedades.

“Tomate una pastillita y se te pasa”
Los procesos psicoterapéuticos se ven a menudo interferidos por la mala administración de psicofármacos a mano de los propios pacientes o familiares.

En esta cultura de la inmediatez, en este tiempo de abolir los procesos en busca de resultados se suelen oír cosas tales como:

“Tenes problema para dormir? Tomate una pastillita”

“¿Estás un poquito angustiado? Tomá un cuartito de esto y se terminó el problema”

Y en los diminutivos encontramos el menosprecio al verdadero impacto que estos químicos tienen en el sistema nervioso y físico de quienes los consumen.

Por supuesto que los psicofármacos no son mala cosa de por sí pero estos deben ser el resultado de una indicación médica, pura y exclusivamente. De no ser así, el riesgo es alto. Por un lado, por el acostumbramiento que generan estos químicos. Por otro, pensar, sentir y vivir con la certeza que nuestro sueño, equilibrio emocional o psicofísico depende de la “pastillita mágica”. Es ni más ni menos que desconocer nuestros propios recursos para enfrentar los avatares del vivir. Es negar nuestras fuerzas, es incapacitarnos en la esencia de nuestro ser.

El psicofármaco como respuesta inmediata al desorden emocional es el equivalente a este pensamiento mágico omnipotente del pequeño cuyo padre tuvo apendicitis.

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